Vigésimo cuarto Domingo Tiempo Ordinario (A)

REFLEXIONES BILINGÜES PARA EL DOMINGO

24º Domingo del Tiempo Ordinario (A) Mateo 18: 21-35

Septiembre 17, 2017

“Señor, ¿cuántas veces debo perdonar a mi hermano que me ofende? (…) Jesús le respondió: No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta y siete veces”.

Sucedió un gran genocidio en Ruanda en 1994 donde más de un millón de personas fueron asesinadas. Un Franciscano de aquel país cuenta que entre los que murieron estaban su padre, un hermano, varios familiares y muchos amigos y vecinos. Porque él estaba en el seminario franciscano, en el tiempo del genocidio, escapó de morir. Después de un año del genocidio y cuando ya se había ordenado sacerdote, regresó a su país nativo. Algunas personas creyeron que él había regresado para vengarse, pero no fue así, visitó en la cárcel a algunos de los asesinos, les pidió que se arrepintieran y los perdonó. Luego celebró una Misa Funeral por su padre y perdonó a todos los criminales.


El Evangelio de hoy está tomado de la sección de Mateo donde Jesús nos enseña las dinámicas de la comunidad cristiana las cuales son: unidad, tolerancia y reconciliación. Y Cristo nos enseña que esta unidad entre sus discípulos es el auténtico testimonio sobre él expresado en el perdón. Pedro, como buen miembro del Antiguo Testamento, le pregunta al Señor: “¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano?” Él mismo propone la solución, el número siete. Es cuando el Señor le enseña a Pedro y a nosotros cuál es la verdadera perfección. Sus discípulos deben perdonar no siete veces, sino setenta veces siete. Ellos deben perdonar una y otra vez, un tiempo ilimitado, sin contar las veces.

Nosotros como Iglesia damos testimonio en la medida en que perdonamos. El Catecismo de la Iglesia Católica dice: “Para que así las palabras del Señor sobre el perdón, el amor llevado hasta el extremo (Jn 13: 1) llegue a ser realidad viviente. La parábola del siervo sin misericordia, que corona la enseñanza del Señor sobre la comunidad eclesial, termina con estas palabras: ‘Lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada uno no perdona a su hermano de todo corazón’ (Mt 18: 23-25). Es allí, de hecho, ‘en lo profundo del corazón’ donde todo es atado y desatado. No está en nuestro poder no sentir u olvidar una ofensa; pero el corazón que se ofrece a sí mismo al Espíritu Santo torna la injuria en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión” (CIC 2843).

El perdón de Jesús cancelando nuestra deuda debe inspirarnos a nosotros a perdonar a los demás. Algunas veces la gente me dice que ellos no pueden perdonar. Posiblemente un miembro de la familia, un pariente o un amigo los ha ofendido. Ellos continúan pensando en lo que esa persona les hizo, y aún deseando vengarse. Yo les digo que el perdón es un don que debemos pedir al Espíritu Santo. A nosotros se nos olvidan los nombres de las personas, los cumpleaños, las citas, se nos olvida el mal que hemos hecho a los otros, pero no se nos olvidan las ofensas que hemos recibido. Tratamos de olvidarlas por un tiempo, pero luego vuelven a nuestra mente. El primer paso para el perdón es reconocer las ofensas, lo que Jesús llama las “deudas”. Pero como el acreedor en el Evangelio de hoy, ellos no quieren pagar lo que deben. De manera que tenemos dos alternativas: Los podemos mandar a la cárcel, es decir, condenarlos, o dejarlos ir, es decir, perdonar la deuda.

Al reconocer el perdón de Jesús nosotros debemos perdonar a los que nos han ofendido, lo cual no es nada fácil. A propósito es lo más difícil de la vida cristiana. Es muy duro tener deudas y no tener cómo pagarlas. Bueno, por eso al Evangelio lo llamamos “Buenas Nuevas”, porque Jesús nos ha perdonado nuestra deuda. Pero existe una condición. Es muy clara en el Evangelio de hoy y lo decimos cada vez que rezamos el Padrenuestro: “Perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

En la parábola del perdón Jesús nos dice hoy que el rey es su Padre, y cuando uno de sus funcionarios le suplica que tenga paciencia y le dé tiempo para pagarle la enorme suma, el rey sencillamente decide cancelarle la deuda total. Esto con toda seguridad no te pasa cuando tú debes dinero en el banco, o no tienes cómo pagar tus cuentas o tu tarjeta de crédito. No importa qué tanto ruegues, no te van a cancelar la deuda. Pero la misericordia de Dios es infinitamente diferente. Nosotros los humanos somos limitados y ponemos condiciones. La misericordia de Dios no tiene límites. Con Dios nosotros no usamos tarjetas de crédito sino bonos gratis.

No olvidemos el testimonio del franciscano de Ruanda. Menos se nos puede olvidar tampoco la generosidad de Dios en la historia de nuestra salvación, que Dios Padre entregó a su Hijo a la muerte por nosotros, y esto se nos recuerda en la consagración del vino: “Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados.”

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