Decimonoveno Domingo Tiempo Ordinario (A)

REFLEXIONES BILINGÜES PARA EL DOMINGO

DECIMONOVENO DOMINGO TIEMPO ORDINARIO (A) Mateo 14: 22-33                                                Agosto 13, 2017

“¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo! (…) ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?”.

El milagro de Jesús caminando sobre el agua es probablemente el más popular de los milagros de Jesús, pero es posiblemente del que más dudas hay de todos los milagros bíblicos. Hay una anécdota que nos puede explicar el por qué. Había en una universidad católica un grupo de primer semestre. Los jóvenes estudiantes eran muy críticos y escépticos, al punto de que el profesor de religión y ética era incapaz de dar la clase. Una vez enviaron a un sacerdote joven muy dinámico como el nuevo profesor. Para ganarse su atención, él llevó a sus jóvenes estudiantes a un paseo de campo. Pararon justo en frente de un lago. Después de presentarse a sí mismo, hizo su primera pregunta: “¿Ustedes creen en Milagros? Inmediatamente todos contestaron: “No”. Sin más explicaciones les dijo: “Voy a caminar sobre el agua”. Ante el asombro de los estudiantes, él lo hizo. Como si fuera sobre terreno seco, él caminó sobre el agua. Sin embargo todavía había un estudiante incrédulo que gritó: “Te apuesto que no lo puedes hacer de nuevo”.


Aunque muchos entre nuestra gente no son practicantes en su religión, hay un porcentaje alto de católicos y protestantes que creen en Dios, oran, y están de acuerdo en que aún hoy Dios hace milagros. Pero nosotros somos cuidadosos y algunas veces hoy dudamos de los milagros; y hay algunas razones: las prácticas de algunos católicos están cercanas a la superstición; muchos evangélicos en la TV, la radio y en las iglesias de garaje prometen milagros siempre y cuando la gente los apoye con donaciones y diezmos; los políticos corruptos prometen milagros si votan por ellos. Todos estos abusos en el poder de los milagros hacen que la gente se torne escéptica ante los milagros y son tentados a no creer en el poder y la acción de Dios, principalmente en contra de las leyes naturales. El consejo debe ser: seamos serios y maduros en nuestra fe. Creamos en Dios y en su poder, pero no en la superstición.

Parte de ser serios en nuestra fe es admitir que los milagros no son los que necesariamente rompen las leyes naturales. Sino que son experiencias cuando Dios irrumpe en nuestras vidas y se nos pide responder en obediencia de fe. Los milagros son momentos cuando vemos y experimentamos la presencia de Dios, aún en “una brisa tenue”, como lo manifiesta hoy Dios a Elías, en la primera lectura. Desde esta perspectiva debemos ver el milagro de hoy, y cada milagro.

Después de que Jesús hubo alimentado a más de cinco mil personas con pan, él ordenó a sus discípulos que rompieran filas y fueran al otro lado del lago. Mientras tanto él planeaba despedir a la multitud y pasar la noche en oración solo, en las montañas. Él necesitaba estar en contacto con su Padre. Era lo que le gustaba hacer. Los discípulos navegaron a la otra playa, distante unos pocos kilómetros. Pero un viento huracanado se precipitó y cambió sus planes. Lo que se suponía iba a ser una noche tranquila, se convirtió en una montaña rusa. Los apóstoles estaban muertos del miedo. No se podían siquiera imaginar que el que caminaba sobre las aguas era Jesús. Pensaron que era un espanto. No olvidemos que Jesús es un hombre compasivo, y las necesidades humanas sobrepasan otros planes, aún el posponer esta vez la oración. Al caminar sobre las aguas tormentosas, él calmó a sus amigos: “¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!” Fue el mismo consejo que les había dado tantas veces en el Evangelio. Hoy no es un simple consejo, es una orden. Jesús aborda la barca. Después de que Jesús, y Pedro, quien trata de imitar a su Maestro caminando sobre las aguas, se suben a la barca, amainó el viento, y los compañeros de Pedro lo adoraron.

Imaginémonos nosotros en la misma barca cuando llega la tormenta y nos sentimos en peligro y aterrorizados. Gritamos: “Señor, sálvanos”. Oímos la respuesta: “¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!” Todo lo que tenemos que hacer es permitirle a él entrar en nuestra barca. El Libro de Los Reyes nos dice hoy que Dios habla en el silencio. Así que necesitamos ese silencio cada día, tomándonos al menos veinte minutos de oración, leyendo un pasaje del Evangelio, como el de hoy, y permitiéndole a Jesús hablarnos.

El sentido principal del milagro de hoy no es tanto que Jesús haya caminado sobre el agua. De hecho en ese momento los discípulos no reconocieron a Jesús, pensaron que era un fantasma, sino cuando Pedro y los otros discípulos reconocieron a Jesús como “realmente el Hijo de Dios”. Y este sí es el milagro, la experiencia de sentir a Jesús. Pedro tuvo que saltar al agua para comprender su propia debilidad y el poder omnipotente de su Maestro. Él tomó el riesgo, aunque su fe era débil. Nosotros también tenemos que tomar  riesgos cuando nuestras vidas están en medio de una tormenta, y hallamos seguridad escuchando la voz del Señor: “¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo! (…) ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?”, y nos agarramos de la mano que nos tiende Jesús.

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