Primer Domingo de Cuaresma (A)

REFLEXIONES BILINGUES PARA EL DOMINGO

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA (A) Mateo 4: 1-11

Marzo 05, 2017

“Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin Jesús sintió hambre. El tentador se le acercó”.

Tan pronto como nace una persona, hasta unos minutos antes de su fallecimiento, se le somete a toda clase de exámenes. Los médicos examinan al recién nacido para asegurarse que está respirando bien y que no tiene problemas físicos. Periódicamente los padres llevan a sus niños para que sean revisados en diferentes situaciones: el corazón, la sangre, el peso, la inteligencia, el comportamiento. Desde preescolar hasta que se gradúan, los maestros evalúan a sus estudiantes. Normalmente la gente pasa la evaluación, pero otros fallan. Las valoraciones ayudan a diagnosticar el progreso; esto es  especialmente  verdadero en los deportes. Dios también permite al tentador que nos ponga a prueba. Como en el caso de las evaluaciones físicas y psicológicas, si éstas muestran progreso nos sentimos bien; al nosotros vencer la tentación, nos hacemos más fuertes.

 

Nuestra primera lectura del Libro del Génesis nos narra en un lenguaje épico la historia de la primera tentación, en el paraíso. Como si ellos se conocieran el uno al otros, Satanás, en este caso la serpiente, le pregunta a Eva: “¿Cómo es que les ha dicho Dios que no coman de ningún árbol del jardín? La mujer le contestó con firmeza: “Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; solamente del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: ´No comáis de él ni lo toquéis, bajo pena de muerte´”. Eva parecía segura. Luego la serpiente trató de convencerla: “No morirán. Bien sabe Dios que cuando coman de él se les abrirán los ojos y serán como Dios en el conocimiento del bien y del mal”. La mujer fue tentada y comió y compartió la desobediencia con su esposo, y él también comió. Descubrieron que estaban desnudos, lo que significa en peligro y vulnerables.

Hay un paralelo entre las tentaciones de los israelitas en el desierto y las tentaciones de Jesús. Ambos acontecimientos suceden en el yermo, que en el lenguaje bíblico es el lugar del encuentro con Dios, pero también el lugar de la tentación. Jesús acaba de ser bautizado por Juan el Bautista, cuando el Espíritu Santo bajó sobre él, y se dejó oír la voz del Padre: “Tú eres mi Hijo querido”, luego “Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo”.

La primera tentación para el pueblo de Israel fue sobre el alimento: ellos se quejaron por no tener comida y protestaron contra Dios que los había sacado de Egipto para morirse de hambre. Así es tentado Jesús: “Ordena que estas piedras se conviertan en pan”. La segunda tentación tiene que ver con la confianza en la presencia de Dios en medio de su pueblo. Ellos pensaron que Dios los había abandonado. Aquí el Diablo le pide a Jesús: “Si eres el Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: ´Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece en las piedras”, La tercera tentación fue si Yahvé era realmente Dios, entonces los israelitas construyeron un becerro de oro como su dios. Entonces Satanás prometiéndole a Jesús todos los reinos de la tierra, le pide: “Adórame”. A todas estas seducciones del diablo Jesús le respondió con la Palabra de Dios.

Nos puede sonar extraño oír una conversación entre el Salvador y el tentador, así como es normal que sintamos vergüenza de contarles a los otros nuestras tentaciones personales. ¿Entonces por qué Jesús nos cuenta sus propias tentaciones? A través del Evangelio aprendemos que Jesús padeció la tentación en diversos momentos durante su vida: después de muchos de sus milagros cuando la multitud quería proclamarlo como su rey, en su entrada triunfante a Jerusalén, en la noche de su traición cuando oró: “Padre mío, si es posible aparta de mí este cáliz”, entonces fortalecido con la oración añadió: “Pero hágase tu voluntad y no la mía”. Aún cuando agonizaba en la cruz fue tentado por uno de los ladrones para usar su poder de Hijo de Dios. Como humano Jesús tuvo que resistir la tentación, y sus tentaciones fueron reales. Pero Jesús fue fiel a su Padre, a su misión y a su ministerio.

Para beneficio nuestro Jesús compartió sus tentaciones con nosotros. Acababa de ser bautizado, de ayunar y orar por cuarenta días. A nosotros humanos y vulnerables al pecado, Jesús nos da el antídoto contra la tentación y el pecado: la Palabra de Dios y la oración. Y esto es precisamente lo que significa la Cuaresma: evaluar nuestras relaciones con Dios, la familia y el prójimo, reconociendo los obstáculos y las banderas rojas en nuestro camino diario. Más que satisfacer nuestras tentaciones de poder, las necesidades temporales y la sed de ganar el mundo entero, necesitamos el poder de Dios leyendo, orando y viviendo su Palabra Santa, y celebrando los sacramentos. Comencemos haciéndolo especialmente durante estos cuarenta días. Pongamos especial atención a la oración: “No nos dejes caer en la tentación”. Y sigamos el consejo de Jesús: “Vigilen y oren para no caer en la tentación”.

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