Octavo Domingo del Tiempo Ordinario (A)

REFLEXIONES BILINGUES PARA EL DOMINGO

OCTAVO DOMINGO TIEMPO ORDINARIO (A) Mateo 6: 24-34

Febrero 26, 2017

“¿Puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo nunca me olvidaré”.

De vez en cuando oímos en las noticias que un recién nacido ha sido encontrado abandonado solo pocas horas después de haber nacido, y gracias a la ternura y compasión de algunas personas ha sido llevado al hospital para salvar la vida de la criatura. Nuestro primer sentimiento es: “¿Cómo puede una madre hacer tal cosa sin tener el sentido humanitario de respeto por la vida de su infante?” Lo que oímos en este tiempo puede sonar increíble, pero tristemente nos damos cuenta que es la verdad. Para el profeta Isaías, aunque pudo parecer también increíble, era posible para los humanos, pero nunca para Dios.

Otros casos no son tan criminales, pero si inmisericordes. Una madre adolescente, luego de un par de semanas de haber dado a luz a su hijo, cuidadosamente lo llevó a la entrada de un hospital, asegurándose que el bebé había sido bien alimentado y estaba abrigado y lo dejó en su cunita. Cuando lo dejó se fue, pero el guarda de seguridad la vio y llamó a la policía. Al ser interrogada por las autoridades por la razón de su irresponsable acción, la joven argumentó que era madre soltera y tuvo miedo de no tener los recursos para cuidar a su criatura.

 

 

Nuestra sociedad sufre de una crisis común y es la falta de fe que podríamos llamar síndrome de la duda, y esa falta de fe es igualmente falta de esperanza. Muchas personas hoy que viven cercanas a la desesperación no viven el tiempo presente con esperanza, sino que están temerosas del futuro. La desesperanza puede fácilmente llevar a las personas a la depresión clínica. Si la gente no busca ayuda pastoral y clínica, simplemente termina, a manera de escape, en las drogas, el alcohol, y aún peor, el suicidio.

Los Israelitas en exilio en tiempos de Isaías traducirían desespero, soledad y desesperanza en la forma como ellos se lamentaban: “Me ha abandonado el Señor, mi Señor se ha olvidado de mí”. Ellos se sintieron devastados, lejos de su hogar y de su querido Dios representado en el Templo de Jerusalén, en aquel tiempo en ruinas. En aquel momento de depresión el profeta se dirigió a ellos al final del exilio, con las más consoladoras y tiernas palabras: “¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré”.

La promesa de Jesús a sus discípulos en el sermón de la montaña está en la misma línea de confianza del ícono amable de la madre y el hijo del Segundo Libro de Isaías, el apoyo y el cuidado tierno de Dios que nos invita a dejar a un lado las preocupaciones y la ansiedad. En la situación de ansiedad de la comunidad de los corintios, Pablo los invita a no perder la esperanza, sino a confiar en Dios: “Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, en un administrador lo que se busca es que sea fiel”.

Todos sabemos que necesitamos recursos materiales para proveer las necesidades nuestras y de los demás. El problema es cuando las necesidades adquieren tanta importancia que ellas nos llevan a una excesiva aprensión y ansiedad. Jesús nos enseña que esto es asunto de prioridades. Cuando la preocupación aparece como el asunto principal, se pierde el sentido de la providencia de Dios. Pero si Dios va primero, las otras preocupaciones que Jesús menciona: la vida, el alimento, la comida, y el vestido, aunque son necesarias, tienen una importancia de menor valor. Ahora, dado de que somos importantes para Dios, él proveerá por nosotros sus hijos.

Dios no nos olvida, pero tampoco nosotros debemos olvidarlo a él. La oración de confianza es tan importante, especialmente en tiempo de prueba y de incertidumbre; la oración de confianza es esencial, como la que les sugiero para ser rezada cada día: “Señor, ayúdame a recordar que nada me va a pasar hoy, que tú y yo juntos no podamos resolver”. Aunque nos ocupemos de muchas cosas, nunca debemos ni preocuparnos, ni sentirnos ansiosos.

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