Vigésimo Domingo del Tiempo Ordinario (B)

REFLEXIONES BILINGÜES PARA EL DOMINGO

VIGÉSIMO DOMINGO T.O. (B) Juan 6: 51-58

Agosto 19, 2018

“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él, dice el Señor”.

Una vez una joven estudiante de la universidad donde yo enseño, se acercó a mí después de la clase y me dijo: “Padre, yo no seré la persona más católica. Yo voy a Misa muy de vez en cuando; creo en Dios, creo en Jesús, creo en el Espíritu Santo, y en la mayoría de las cosas que la Iglesia enseña, pero tengo mucha dificultad en creer en la Eucaristía. ¿Cómo es eso de que Jesús esté presente, cuerpo, sangre y alma en la Eucaristía?” Sin decir una sola palabra, pensé: esto es algo como exactamente decían los judíos en el Evangelio de hoy: “Cómo puede este hombre darnos a comer su carne?” Comencé a darle toda una explicación teológica acerca de la presencia real de Cristo después de la transubstanciación durante la consagración del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Pero la joven continuó su reflexión: “No creo que yo pueda realmente comerme a Jesús. La hostia es solamente simple pan”.

“Tú no te comes a Jesús. Tú entiendes, mi querida amiga”, le dije, “¿cómo pudo Jesús cambiar el agua natural en el mejor vino? ¿Cómo pudo Jesús resucitar a la vida a un muerto? ¿Cómo Jesús pudo alimentar a más de cinco mil personas con solo cinco panes?” La chica se quedó mirándome, se sonrió y dijo: “Creo que comprendo. No creo que tenga que entender cada cosa que Jesús haya dicho y hecho”. Me abrazó y se fue.


Se pueden decir muchas cosas sobre la Eucaristía: el pan y vino de la vida, el alimento y bebida espiritual, el alimento para la vida eterna. Sin embargo hay una palabra que está muy asociada a la Eucaristía, y esa palabra es vida. No importa qué tan grande o pequeño sea nuestro conocimiento intelectual acerca de la Eucaristía, Jesús está allí, tal como nos enseña en su sermón del Pan de Vida: “Si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”.

Al estar la Eucaristía relacionada con todos los otros sacramentos, la Eucaristía nos ayuda a crecer y a transformar la vida que recibimos en el bautismo y confirmación. Cuando nos hemos causado heridas con nuestros pecados, aun después del pecado haber sido perdonado, todavía sentimos la debilidad producida por ese pecado, entonces la sagrada Eucaristía es la medicina que nos fortalece para recuperarnos de nuestras heridas.

En nuestra primera lectura de hoy de los Proverbios, la sabiduría es identificada con una anfitriona que ofrece comida y bebida que conducen a la vida: “Vengan a comer de mi pan y a beber el vino que les he preparado”.

Cuando Jesús nos dice que él es el pan de vida, hablando de darnos “mi carne para la vida del mundo” él se nos presenta como el pan eucarístico, y esta es su catequesis eucarística. Este es el equivalente en los evangelios sinópticos de la fórmula de la institución de la Eucaristía en la Última Cena.: “Este es mi cuerpo entregado por ustedes”. Mientras los judíos entienden la carne en un nivel natural, solamente en sentido físico, la comunidad de fe a quien Juan escribe su Evangelio entiende la carne, en un nivel espiritual. Para ellos comer la carne y beber la sangre es compartir el pan y el vino transformados en la Eucaristía.

Nosotros entendemos la Eucaristía en una doble dimensión: social, al reunirnos como asamblea Eucarística, y al mismo tiempo vivimos la transformación interna de los efectos de la Eucaristía: Cristo morando en nosotros, y nosotros morando en Cristo: “Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”.

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