Decimonoveno Domingo del Tiempo Ordinario (B)

REFLEXIONES BILINGÜES PARA EL DOMINGO

DECIMONOVENO DOMINGO T.O. (B) Juan 6: 41-51

Agosto 12, 2018

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo, dice el Señor. El que coma de este pan vivirá eternamente”.

El Padre James Gilhooley, a quien cito hoy, comparte la historia que una vez contó otro sacerdote, el Padre, Henry Fehren. Sucedió en el África. Un gran jefe había planeado un enorme banquete. Invitó a cada uno de los que pudo encontrar en su lista. Se suponía que iba a ser la fiesta del año. Toda la gente importante y no tan importante debería estar presente. La invitación era muy clara. El jefe ofrecería carnes, ensaladas y abundantes postres. Pero cada invitado tenía que llevar su propia botella de vino. Cada botella se vaciaría en una enorme vasija y así habría suficiente para todos.

Una pareja muy ingeniosa decidió ser tacaña; traería una botella con un agua colorante. Nadie se iría a dar cuenta de la trampa. Llegó el gran día. Los invitados vestían sus mejores trajes. Se reunieron en el jardín y vaciaron el vino en la gran vasija. Llegó el momento para el primer brindis, ofrecido a la buena suerte del jefe. Se sirvió en finas copas de cristal. Todos alzaron la copa y bebieron. Lo que saborearon todos no sabía nada bien. De nuevo bebieron, pero con la misma suerte del primer sorbo. Las parejas se sintieron frustradas. Pensaron que su botella de agua de color se habría perdido en la vasija gigante. Por supuesto, todos habían traído una botella de agua. Recibieron exactamente lo que habían traído, una copa de pura agua.


Henry Fehren con su sentido del humor utiliza esta historia para aplicarla a aquellos que se quejan y protestan diciendo que ellos no van a Misa porque no sacan nada con ir. Esta historia es bien simpática, la clase de personas con este tipo de quejas no sacan ningún beneficio yendo a la Misa porque ellos vienen a la iglesia con las manos vacías y su espíritu vacío. Todo lo que traen es una botella llena de preocupaciones materiales y pesadumbres. Por consiguiente, salen de la iglesia también con un corazón vacío.

En la lectura de hoy de la tercera parte del capítulo sexto del Evangelio de Juan, Jesús le dice a la gente que él es el pan que ha bajado del cielo. Todo lo que ellos hacen es murmurar y quejarse. “¿Quién se cree éste que es? ¿No es él, Jesús, el hijo de José? Nosotros sabemos quienes son su padre y su madre, ¿Cómo dice ahora que bajó del cielo?”. En vez de escucharlo preferían quejarse.

Jesús les dice que paren de quejarse. Él es el único que ha visto al Padre. A todos los que creen les dará la vida eterna. A esta altura del Sermón del Pan de Vida Jesús llega a la conclusión de que la fe en él lleva a la fe en sus palabras y acciones, el regalo de la Eucaristía.

Escuchamos a Elías en 1 Reyes 19, nuestra primera lectura, muy negativo. Se queja. Él ha sido perseguido por sus enemigos y estaba atravesando el desierto, estaba cansado y con hambre, hasta que “Se sentó debajo de una planta de retama y se deseó la muerte diciendo: ´¡Basta, Señor! Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres´” Pero los planes de Elías no eran los planes de Dios. Un ángel del Señor vino a traerle alimento y comida: “Con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches, hasta el Horeb, el monte del Señor”.

Es fácil ser negativo, ver el mal y malas intenciones en otras personas, en nuestra familia, amigos y compañeros de trabajo. También criticamos a la Iglesia, y aún a Dios, algunas veces sin ninguna razón. Sí, la vida tiene muchos retos y dificultades. Pero no hay razón para ser negativo, para ser quejumbroso. Hay una razón para tener una actitud positiva de vida. Mejor que lo que le pasó a Elías, recibimos en la Eucaristía el alimento que nos fortalece para ser capaces de caminar “cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios”: por el resto de nuestra vida.

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