Undécimo Domingo del Tiempo Ordinario (B)

REFLEXIONES BILINGUES PARA EL DOMINGO

UNDÉCIMO DOMINGO T.O. (B) Marcos 4: 26-34 -Junio 17, 2018

“La semilla es la Palabra de Dios; el sembrador es Cristo; el que lo encuentra, vive para siempre”.

Desde hace muchos años los científicos, específicamente físicos y biólogos han descubierto que la naturaleza es más compleja y difícil de entender de lo que nosotros creemos. Algunos físicos como Isaac Newton (Ley del Movimiento, Ley de la Gravedad, Conservación de Masa-Energía, Leyes de Termodinámica) y Albert Einstein (Teoría de la Relatividad, Física Cuántica); y biólogos como el Padre Agustino George Mendel (Ley de la Genética) han formulado leyes, que nosotros, con estudio y reflexión podemos describir pero no podemos explicar. A diferencia de algunos campos del saber, las costumbres sociales y las autoridades no pueden determinar el establecimiento de las leyes en las ciencias.


En el Evangelio de hoy Jesús nos enseña: “Sucede con el reino de Dios como cuando un hombre siembra la semilla en la tierra. Él se acuesta a dormir y luego se levanta, pasan los días y las noches, y la semilla germina, y crece la planta sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma da la cosecha, primero el tallo, luego la espiga, y por fin la espiga se llena de grano”. Cuando la semilla es sembrada en la tierra y con la ayuda del agua y el sol le llega la cosecha. En el nivel humano Jesús no es un científico, él es muy honesto en decir que no sabemos cómo sucede. Éste y otros misterios en la naturaleza podemos experimentarlos y describirlos pero no podemos explicarlos en sus últimas consecuencias.

Por supuesto Jesús no nos está dando una lección de biología o de física, sino que nos está enseñando un misterio más profundo, el misterio del reino de Dios, el cual es la Iglesia, lo que nos muestra la sabiduría de las parábolas con las cuales a Jesús le encantaba enseñar. Como si esta comparación no fuera lo suficientemente clara, Jesús se pregunta: “¿Con qué podremos comparar el reino de Dios? ¿Cómo nos lo podemos imaginar? Sucede como con el grano de mostaza: cuando se siembra en la tierra es la semilla más pequeña de todas, pero después de sembrada, crece la planta y se vuelve la mayor de la huerta, y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden descansar a su sombra”.

Escuchamos a Ezequiel decirnos en la primera lectura de hoy: “Voy a tomar un cogollo de un cedro (…) un retoño tierno y lo plantaré (…) en la montaña más elevada de Israel. Echará ramas, dará semillas, y se convertirá en un cedro magnífico. En él harán sus nidos aves de toda especie”. Los Israelitas en el Antiguo Testamento eran agricultores y pastores y entendían el cultivo pero sabían que era Dios quien daba el crecimiento. La profecía de Ezequiel se cumplió en Jesús y en la Iglesia.

Nosotros, como la gente del tiempo de Jesús, sabemos que plantamos la semilla, la regamos y hacemos lo mejor que podemos por darle un buen entorno, pero es Dios quien da el crecimiento; así pasa con el Evangelio en las manos de Dios. Los cristianos hacemos lo que podemos para anunciar la semilla de las Buenas Nuevas, pero el éxito le pertenece a Dios. Al oír el Evangelio de hoy comprendemos la intención de Jesús al contarnos sus dos parábolas. La Iglesia comenzó como un grupo pequeño de discípulos en Galilea y en Jerusalén, y después de Pentecostés se expandió por todo el mundo.

El crecimiento de la Iglesia es como la semilla de mostaza; necesita ser sembrado por nosotros cristianos, pero es el Espíritu Santo quien hace el resto. Para el proceso del crecimiento la semilla necesita agua y luz; la Iglesia necesita el agua y la luz del Espíritu Santo para continuar creciendo y extendiéndose. Por acción del Espíritu Santo Cristo fue concebido y nacido de María Virgen. A través del Espíritu Santo Jesús se hace presente en la Eucaristía y en la vida de la Iglesia. Así como en los misterios de la naturaleza no entendemos completamente cómo actúan las leyes científicas, el Espíritu Santo obra en una forma misteriosa en la vida de la Iglesia.

Se cuenta la historia de un sacerdote que fue nombrado obispo. Él no tenía ninguna experiencia en administración pastoral. No pudo dormir en casi toda la noche. Era el día antes del Domingo Undécimo del Tiempo Ordinario y él leyó el Evangelio de hoy. Cerró la Biblia e hizo esta oración: “Escucha Señor, esta diócesis es tuya y no mía. Ahora sí voy a dormirme”. El nuevo obispo entendió que tenía que trabajar duro y aprender mucho, pero que era el Espíritu Santo quien debía hacer crecer el Evangelio. La debilidad y el pecado son parte de nuestra condición humana, así que como Iglesia necesitamos conversión y renovación, y esto es esfuerzo nuestro y el trabajo del Espíritu Santo.

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