Quinto Domingo de Pascua (B)

REFLEXIONES BILINGÜES PARA EL DOMINGO

QUINTO DOMINGO DE PASCUA (B) Juan 15: 1-8 – Abril 29, 2018

“Permanezcan en mi, como yo permanezco en ustedes, nos dice el Señor; el que permanece en mí da fruto abundante”.

Los científicos nos dicen que nosotros solamente usamos una pequeña parte de nuestro cerebro y el resto lo dejamos sin desarrollar. Con frecuencia encontramos que nuestros hijos, nuestros estudiantes y nosotros mismos no usamos el cien por ciento de nuestras capacidades humanas. Lo mismo pasa con nuestra vida espiritual. Somos capaces de mucho más. ¿No deberíamos ser más audaces? Con frecuencia tratamos de caminar solos en nuestro crecimiento espiritual. Pero no lo podemos hacer sin ayuda.


¿Ustedes han visto alguna vez una manada de gansos volando en perfecta formación? Ellos vuelan en una maravillosa formación en forma de “V”. Han aprendido por instinto y por larga práctica que así ellos en grupo pueden volar más fácil y mayores distancias. Cuando el líder de la formación “V” se cansa de luchar en viento contrario, cede el turno a otro ganso para que tome la delantera y dirija el grupo. Ellos hacen ruido, como una bocina para apoyarse el uno al otro; y especialmente cuando vuelan en medio de tormentas, esto le ayuda al grupo a mantenerse unido.

¿Qué podemos nosotros seres humanos inteligentes aprender del vuelo de los gansos? Primero que todo, trabajar, estudiar y orar en grupo nos puede resultar más fácil. En segundo lugar, usando el liderazgo como servicio generoso y alternativo hace nuestra labor más eficiente y nos ayuda a compartir las cargas. Y la tercera lección que aprendemos es animarnos y apoyarnos mutuamente, especialmente cuando alguno se extravíe. En nuestro estudio, vida familiar y crecimiento espiritual podemos hacer progresos cuando volamos juntos en “V”, lo que significa ayudándonos y apoyándonos el uno al otro.

Las lecturas de hoy nos hablan de que debemos ser hombres y mujeres valientes en la fe. Los Hechos de los Apóstoles, la primera lectura, nos cuenta de un hombre llamado Saulo, quien primero fue perseguidor de la Iglesia y luego llegó a ser conocido como el gran apóstol. Poco después de su conversión al camino cristiano de vida él “habló con valentía en el nombre del Señor”. En la segunda lectura, en su Primera Carta San Juan nos habla de que si guardamos los mandamientos de Dios, “Él nos concederá lo que le pidamos (…) Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él”. En el Evangelio nos enseña Jesús: “Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán”.

En este pasaje de la Última Cena, en la noche antes de morir, Jesús declaró: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos” luego él lo traduce a la vida normal de la naturaleza: “Como el sarmiento no puede dar fruto por sí solo si no permanece en la vid, tampoco ustedes si no permanecen en mí. Separados de mí nada pueden hacer”.

Como cristianos bautizados tenemos un lazo con Jesús más fuerte y más íntimo que el de una madre con su creatura, que el de los esposos, que el de dos amigos. Jesús dice: “Yo soy la vid, ustedes son los sarmientos”. Muchas veces sentimos dentro de nosotros el buen deseo de hacer algo bueno, o ser la persona que quisiéramos ser. Solamente permaneciendo en Jesús podemos llegar a ser esa persona. “Sin mí nada pueden hacer (…) Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán”

Si le permitimos a la vid verdadera que entre en nuestras almas, podremos “pedir lo que queramos y se nos concederá”. El problema es que la mayoría de las cosas que pedimos son pequeñeces: dinero, un mejor empleo, seguridad, una casa nueva, aumento de sueldo, y así sucesivamente. Debemos pedirle a Dios algo que sea realmente valioso, como ser su verdadero hijo o hija. Pídele al Espíritu Santo que te ayude a entender qué es lo que realmente quieres. Y se te dará. Para estar seguros que entendemos la generosidad de Jesús al compartir su vida con nosotros, él nos dice que si pedimos algo, nuestro Padre nos lo dará porque estamos en comunicación de vida con él.

Cuando reconocemos y confesamos nuestros pecados, tanto en el sacramento de la Penitencia como en el rito penitencial durante la Misa, o cuando nos reconciliamos con un miembro de nuestra familia o amigo, pasamos por un proceso de poda. Cuando comemos el cuerpo de Cristo y bebemos su sangre, nosotros, las ramas y miembros de la Iglesia, recibimos el alimento que nos vivifica y ayuda a crecer en la misma vida que viene de la vid que es Cristo. De esta forma Cristo produce en nosotros, sus sarmientos, su fruto de amor y de bondad.

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