Segundo Domingo Tiempo Ordinario (B)

REFLEXIONES BILINGÜES PARA EL DOMINGO

2º. DOMINGO TIEMPO ORDINARIO (B) Juan 1:35-42 – Ene 14, 2018

“Hemos encontrado al Mesías, al Ungido. Por Él recibimos la gracia de la verdad”.

Cuando los padres traen a una criatura a este mundo, ellos guardan grandes esperanzas. De acuerdo a sus propias expectativas ellos dicen: “él será un gran futbolista”, o “ella será una artista”, o “él o ella serán científicos”, o “este chico puede ser el presidente”, o simplemente: “¿qué irá a ser este niño?” Cuando nació el hijo de Zacarías, el esposo de Isabel, el padre dijo: “Tú, hijo, serás llamado profeta del Altísimo, porque tú irás delante del Señor para preparar sus caminos”. Zacarías no se equivocó. Juan el Bautista tuvo la misión y el privilegio de escuchar la voz de Dios en su bautismo, de que él era el Hijo Amado, el escogido de Dios, y lo señaló ante sus discípulos diciendo: “He aquí el Cordero de Dios”. Cuando el Señor llamó a Samuel, “Samuel no conocía al Señor, pues todavía no se le había él manifestado”. Luego, instruido por Elí, Samuel contestó: “Habla que tu siervo escucha”.


El Evangelio nos cuenta que estando Juan el Bautista con dos de sus discípulos y viendo pasar a Jesús exclamó: “Este es el Cordero de Dios”. Cuando Jesús nota que los discípulos de Juan lo están siguiendo, les pregunta: “¿A quién buscan?”. Ellos le responden: “Maestro, ¿dónde vives? Jesús les contesta: “Vengan y lo verán”. Andrés, uno de los discípulos, va y busca a su hermano Simón y le dice que ellos han encontrado al Mesías, y presenta a su hermano ante Jesús. Jesús se queda mirándolo y le dice: “Tú eres Simón, hijo de Juan, tú te llamarás Cefas (que quiere decir piedra).

En la invitación a recibir la comunión, el celebrante nos muestra la Hostia y dice: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo…” Estas son las mismas palabra dichas por Juan cuando vio a Jesús pasar, estando él con dos de sus discípulos, siendo Andrés uno de ellos. Cuando Juan llama a Jesús el Cordero de Dios, nos está diciendo muchas cosas, él nos está enseñando una lección teológica de la primitiva Cristiandad que identifica a Jesús como el Cordero de Dios. Jesús es el manso cordero, obediente a la voluntad del Padre, al ofrecer su vida en el altar de la cruz. El sacrificio de Cristo es tan perfecto, que no necesita repetirse.

Para entender esta exclamación de Juan identificando a Jesús con el Cordero, necesitamos un marco contextual del Antiguo Testamento. Esta imagen viene de varios profetas del Antiguo Testamento. Isaías visualiza al Siervo de Dios llevado al matadero como un humilde cordero. De la misma forma Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Antes del Éxodo con la sangre del cordero fueron rociados los dinteles de las puertas de las familias israelitas, para librarlas del ángel de la muerte. Cada año, un cordero sin mancha, de un año era tomado por los sacerdotes judíos y en el altar y con un cuchillo le abrían el cuello; con la sangre del cordero derramada en el altar el sacerdote rociaba al pueblo para el perdón de los pecados. Más tarde Juan nos dice que la muerte de Jesús tuvo lugar en el mismo momento en que el cordero Pascual era ofrecido en sacrificio.

Cuando los dos discípulos le preguntan a Jesús dónde moraba o vivía, no era simplemente pidiéndole la dirección. Es el mismo verbo griego (traducido como alojarse o morar) usado por Jesús en la Última Cena cuando le dice a sus discípulos que él mora en el Padre y el Padre mora en él. Cuando Jesús dice: “Vengan y lo verán”, para Juan el Evangelista esto tiene una implicación de “ver” con la fe (Juan 9). Solo con esta manera de ver los discípulos conocen dónde realmente vive Jesús, con-en el Padre.

Llegar a conocer al Señor es un asunto de fe y de escucha en la oración. Es el caso en la narración vocacional del joven Samuel. “Samuel todavía no conocía al Señor, y no había recibido ninguna revelación de él”. Pero cuando el Señor lo llama: “¡Samuel, Samuel! Samuel responde: Habla Señor que tu siervo escucha”. Sabemos que es el Señor quien llama, pero los humanos no solo debemos contestar, sino facilitar la llamada de Dios. En la historia de Samuel, el estar el niño en la casa del Señor, lo prepara para su tarea futura. En adición, su preparación, aun cuando es llamado durante el sueño, muestra su disponibilidad, no solo de permanecer en compañía del Señor, sino en cumplir su voluntad.

La conversación entre Jesús y los dos discípulos constituye el meollo del seguimiento. Los tres verbos claves son: vengan, vean y quédense. Para los dos discípulos el “estar” con Jesús significa entrar en una nueva relación-comunión de vida con el Señor. Esto va más allá de una visita, ellos deben quedarse. También Andrés es incapaz de quedarse solo para él con las noticias del Mesías: “Primero él buscó a su hermano Simón y le dijo: hemos encontrado al Mesías (que significa el Ungido)Y lo llevó donde Jesús” (Juan 1: 41-42). Los miembros de la Iglesia somos todos misioneros, y esto significa, que como el Apóstol Andrés debemos tener la valentía y el entusiasmo de compartir con otros las buenas nuevas de la salvación. Pero primero, como Samuel escuchemos al Señor y tomemos la decisión de responder: “Habla, que tu siervo escucha”.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar