La Sagrada Familia (B) y Año Nuevo 2018

REFLEXIONES BILINGUES PARA EL DOMINGO

LA SAGRADA FAMILIA (B) y AÑO NUEVO Lucas 2: 22-40 - Diciembre 31, 2017

“Jesús volvió con sus padres a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad. Su madre conservaba en su corazón todas aquellas cosas.”.

Cuando oímos que hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia, el modelo de todas las familias cristianas, nos podemos desanimar pensando qué tan difícil es para nuestras propias familias o comunidades ser como la Sagrada Familia. El año pasado celebrando la fiesta de la Sagrada Familia con un grupo de personas, alguien me dijo que ella no pensaba que el modelo de la Sagrada Familia fuera tan práctico, argumentando ¿qué clase de modelo puede ser una familia formada por dos santos como María y José y un hijo como el mismo Jesucristo? Ella opinaba que era pedir demasiado a una familia el seguir el ejemplo de la familia de Nazaret. Yo le respondí: “No olvides que la Sagrada Familia es santa porque ellos vivieron una vida unida a Dios. Y eso hace realmente la diferencia.


Y así muchos de nosotros pensamos que nuestras propias familias están lejos de ese ideal. En cierta forma es verdad. Cada familia está lejos del ideal porque cada una de ellas está conformada por individuos con sus cualidades positivas y también sus aspectos negativos.

El hecho de que nos damos cuenta que hay algunas debilidades en nuestras familias, se convierte en una oportunidad para crecer. Si nosotros incluimos a Dios en nuestra familia, él hará el resto por nosotros. San Pablo nos enseña en su Carta a los Colosenses: “Revístanse de Cristo como los escogidos de Dios, santos y amados, con corazón lleno de compasión, humildad, bondad y paciencia, sobrellevándose los unos a los otros y perdonándose mutuamente, si alguno tiene queja contra el otro; así como el Señor los ha perdonado deben ustedes perdonarse. Sobre todas estas cosas revístanse de amor, que es el lazo de toda perfección”. La compasión que tengamos por el miembro más débil de nuestra familia, bien sea debilidad física, psicológica o moral se convierte en medio para crecer en unión con Dios. El esfuerzo que hacemos para aceptarnos nuestras diferencias es en sí un acto de virtud.

Ser una familia cristiana significa ser una familia santa, esto significa estar apartado para el Señor. Ser santo significa ser diferente de todo lo que no es santo. Así que tenemos que escoger lo que con frecuencia es contrario a las opciones hechas por otras familias. Ser una familia santa requiere que nuestros hogares sean una habitación de oración, de participación en la Liturgia Dominical, leer y vivir el Evangelio, ser solidarios con el que sufre.

Los padres son los primeros maestros de sus hijos en el camino de la fe católica. Algunos padres no lo hacen porque se sienten indignos de hablarles a sus hijos de Dios. Se olvidan que es Dios quien los hace a ellos dignos. Así como fue su autoridad de papá y mamá quien trajo a sus hijos al bautismo, así su autoridad de padres les da a ustedes la gracia de enseñarles a sus hijos el conocimiento de Dios. Ustedes no necesitan ser teólogos para enseñar acerca de Dios. Solo necesitan estar unidos a Dios. Y esto hace realmente la gran diferencia. Ustedes pueden y deben darles el ejemplo de unión con Dios. Sus hijos y sus nietos los imitan a ustedes para ser familias santas. Si estamos unidos a Dios en nuestros hogares, entonces llevaremos a cabo el llamado a evangelizar, haciendo a Dios presente en medio de nosotros. No olvidemos que el corazón de la iglesia no es primariamente la parroquia. El corazón de la iglesia es nuestra propia familia.

El Papa Emérito Benedicto en su libro Infancia Narrativa nos enseña que en la Sagrada Familia “libertad y obediencia se combinan de una manera saludable”. Y él escribe: “El chico de doce años tenía libertad de estar con sus amigos y con los jóvenes de su edad y permanecer con ellos durante el viaje”. Eran, José junto con su esposa María, quienes decidían el grado apropiado de libertad para su joven hijo. Cada familia tiene que hacerle frente a esta realidad. Los padres pueden pedir la intercesión de San José para decidir el grado de libertad que dan a sus hijos en crecimiento.

Pedimos a la Sagrada Familia de Jesús, María y José que nos ayude a distinguir el correcto balance entre libertad y obediencia. No debemos oponernos a la autoridad, sino seguir el ejemplo de “Jesús quien volvió con sus padres a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad”. Como escribe el Papa Benedicto: “Después del episodio que resalta la alta obediencia de Jesús, él regresa a su situación normal familiar, a la humildad de una vida sencilla de obediencia a sus padres terrenales”. Así debe suceder en nuestras familias.

SANTA MARIA, MADRE DE DIOS (B) Luc 2:16-21 - Jan 1, 2017

El SEÑOR te bendiga y te guarde, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. ¡Que el SEÑOR te mire con benevolencia y te conceda la paz!”.

A un niño pequeño sus padres le dijeron que en Navidad todas las cosas habían cambiado, con la llegada de Jesucristo; que había llegado el Mesías. El chico salió hacia el parque y al regresar prendió la TV y era el momento de las noticias, las cuales él miró por un momento. Entonces le dijo a sus padres: “Yo no veo que las cosas hayan cambiado”. En cierto modo, el chico tenía la razón. El primero de Enero, el Día de Año Nuevo celebramos a María la Madre de Dios, y este día primero del año es dedicado a orar por la paz. ¿Pero, dónde está esa paz? ¿Ha mejorado algo en nuestro país o en nuestro mundo? Todo lo que oímos y vemos es odio, violencia, racismo, guerra, asesinatos. Y egoísmo. El famoso teólogo dominico francés Congar dijo una vez: “Cómo quisiéramos tener el reino, y si puedo decirlo de esta manera, solamente tenemos al rey.” Nosotros podríamos preguntarnos: ¿Pero, dónde está ese reino?

Me encanta ver a los padres bendiciendo a sus hijos cuando llegan a la casa o salen, pero aun más me encanta ver a los jóvenes pedir la bendición a sus padres. Hoy en nuestra primera lectura del Libro de Los Números escuchamos que Dios ordena a Moisés dar instrucciones a Aarón, su hermano y sucesor, enseñándole a bendecir al pueblo. Aarón fue el primer Sumo Sacerdote y como parte de su ministerio su oficio era interceder por la comunidad israelita. Esta es una sencilla pero hermosa oración: “El SEÑOR te bendiga y te guarde, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. ¡Que el SEÑOR te mire con benevolencia y te conceda la paz!”

Desde el tiempo de Moisés y de Aarón esta ha sido la bendición para familias y el pueblo durante tres mil años. San Francisco de Asís usaba esta oración para bendecir al Hermano León y a sus primeros compañeros. Nosotros los Franciscanos hacemos nuestra esta bendición y normalmente la llamamos la Bendición de San Francisco. Esta oración es la bendición de Dios para su pueblo al comienzo del Año Nuevo. Esta bendición nos dice que la verdadera paz viene de ver el rostro de Dios. Cuando tú bendices a tu hijo, tu conyugue, o a otra persona, esa bendición no solo se queda en ellos, sino que regresa a ti.

En su carta a los Gálatas San Pablo nos enseña que habiendo tomado Jesús plenamente nuestra naturaleza humana, él nos ha salvado de nuestros pecados. Ya no estamos en la esclavitud del pecado, sino que Dios nos ha adoptado como a sus hijos e hijas y por eso con confianza nos atrevemos a llamar a Dios en una forma muy íntima y familiar con el diminutivo de Abbá, Papito.

La historia leída del Evangelio de San Lucas tiene tres partes importantes: la primera es acerca de “los pastores que fueron a toda prisa hacia Belén y encontraron a María, a José y al niño, recostado en el pesebre. Después de verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.” La segunda contiene una frase hermosa acerca de María: “Ella por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”. La última es el nombre puesto al niño: “Le pusieron el nombre de Jesús, aquel mismo que había dicho el ángel, antes de que el niño fuera concebido”. Aquí encontramos un asunto importante, que los pastores fueron los primeros testigos de Cristo. Ellos vieron al Niño Jesús y se dieron cuenta que lo que el ángel les había dicho era verdad. Los pastores esparcieron la noticia en toda aquella área y se fueron alabando a Dios. Es maravilloso cómo estos simples personajes de la Navidad llegaron a ser modelos de discípulos y mensajeros de buenas nuevas.

En ésta, la Solemnidad de María, la Madre de Dios, proclamamos y alabamos las maravillas que Dios hizo en ella, dándole un rol importante en el misterio de la redención como “Madre de Dios”. María es llamada en los Evangelios “la madre de Jesús”, e Isabel, bajo la inspiración del Espíritu Santo, aún antes de que naciera el niño, la llama “la madre de mi Señor” (Lc 1: 43). “En efecto, al que ella concibe como hombre, por el Espíritu Santo, quien llegó verdaderamente a ser su Hijo carnal, fue nada menos que el Hijo Eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. De aquí que la Iglesia confiesa que María es verdaderamente ‘Madre de Dios’” (Concilio de Éfeso (431). Ella es Teotokos, que significa “La que lleva en sus entrañas a Dios” (la que da a luz a Dios).

El Reino de Dios fue establecido con la venida primera de Jesús. Él está en medio nuestro, pero todavía falta para que llegue. Cuando experimentamos que muchas cosas en el mundo no han cambiado, nos damos cuenta de que la segunda venida de Cristo todavía no sucede, porque falta mucho trabajo por completar. Al haber terminado el año, somos conscientes de que hay algún progreso en nuestras vidas, pero posiblemente muchas cosas tienen que cambiar y en este Año Nuevo, Dios con su bendición, nos está dando otra oportunidad para un nuevo comienzo.

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