Cuarto Domingo de Adviento y Navidad (B)

REFLEXIONES BILINGÜES PARA EL DOMINGO

4º. Domingo de Adviento (B) Y Navidad Lucas 1:26-38 – Dic 24, 2017

“Yo soy la esclava del Señor; que se haga en mí lo que has dicho”.

Una vez un niño indígena le regaló a su maestra un regalo muy hermoso en Navidad. La maestra le dijo: “Tú has debido caminar muchos kilómetros para conseguir esto para mí”. El niño le contestó: “El caminar es parte del regalo”. Lo que nosotros recibimos en Navidad es un regalo precioso de Dios, pero él es también el cumplimiento de una promesa esperada por muchos siglos.

La promesa fue hecha por Dios desde el principio de la historia de la salvación: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya”. Muchos siglos han pasado. La promesa de Cristo llega a ser más real cuando Abraham oye de Yahvé: “A través de ti serán benditas todas las naciones de la tierra”. La promesa de Abraham pasó a su hijo Isaac, y de Isaac a Jacob. Jacob y su esposa Rebeca tuvieron doce hijos y ellos fueron las cabezas de las doce tribus de Israel.


El misterio, la promesa de Dios, fue guardo en secreto por muchos siglos. Los profetas hablaron de él. Pero fue Natán el primer profeta que habló del Mesías, mil años antes de Cristo, cuando el rey David, lleno de celo y entusiasmo, quería construir un templo, porque pensó que era lo correcto hacer una casa para el Arca de la Alianza. David le pidió a Natán orientación. Inicialmente Natán estuvo de acuerdo, pero tuvo una visión; Dios le habló a Natán y lo envió a David con este mensaje: “Tú quieres construirme una casa, pero seré yo quien construya una casa para David. Mi hijo saldrá de ti, uno de tus descendientes. Él será Rey para siempre.”

Pasaron mil años y Dios dio a conocer su plan de salvación a todos los pueblos, y no solo a los judíos. El Mesías ya no sería un misterio escondido. El Mesías sería revelado a todas las naciones. El plan se realizó con una simple escena en el Evangelio de hoy: El ángel Gabriel fue enviado a una joven judía, la Virgen María y le dijo que ella iba a tener un hijo concebido no por hombre, sino que el Espíritu Santo la cubriría con su sombra. Ese niño, le dijo, recibiría “el trono de David.”

En este Cuarto Domingo de Adviento San Pablo concluye su Carta a los Romanos con esta declaración: “Este es el mensaje de Jesucristo, conforme a la revelación del misterio, mantenido en secreto durante siglos (…) manifestado para atraer a todas las naciones a la obediencia de la fe, al único infinitamente sabio a través de Cristo Jesús”. Fueron los profetas los que revelaron el plan, pero se cumplió en María.

En el Evangelio de Lucas oímos la historia de la Anunciación. María es tan obediente y receptiva a la voluntad de Dios, que Dios la escoge y ella da a luz a Jesús. Entonces un campesino y su mujer embarazada hacen un viaje largo hacia el pueblito de Belén. En este misterio de la Encarnación Jesús fue el cumplimiento de las promesas del Libro del Génesis, del Libro de Samuel, y de todos los profetas; Dios encarnado, Dios se hace hombre en una adolescente llamada María.

Al ver a María vemos en ella su humildad y obediencia al plan de Dios y un verdadero modelo de vida. A María no se le pidió construir un templo para Dios, sino ser el Templo de Dios. De la misma forma Dios nos llama a nosotros a algo más que a construir. Él nos llama a ser la morada de su presencia y el Templo del Espíritu Santo. Hoy rendimos honor y reverencia a la esclava del Señor. Oramos para seguir su ejemplo y acoger a todos los que encontremos. Terminemos nuestra reflexión honrando a María con la salutación angélica y el saludo de Isabel, que es nuestro saludo como Iglesia Católica a la Santísima Virgen. Digamos juntos: “Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.

NAVIDAD: NACIMIENTO DEL SEÑOR (B) Juan 1:1-18 – Dic 25

“La Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros. Hemos visto su gloria, que le corresponde como a Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”.

Un joven le preguntó a su profesor de Religión en qué se podrían diferenciar Moisés y Buda de Cristo. Él le respondió con una parábola. Una mujer cayó en un hueco profundo y sucio. Ella trataba con mucha fuerza, pero no podía salirse. Moisés la miró y le dijo: “Mujer terca, si te hubieras aprendido los Diez Mandamientos no te habrías caído allí”. Entonces se fue. Buda se acercó. Él también la miró y se dijo para sí mismo: “Pobre mujer, si por lo menos me hubiera escuchado; si logra salir del hueco le daré un buen consejo”. Así que continuó su camino. Llegó también Jesús. Vio a la mujer y lleno de compasión se lanzó al hoyo inmediatamente para ayudarla a salir.

Eso es lo que pasa con la Encarnación de Jesús. Hoy celebramos Navidad, el amor y preocupación de Dios por cada uno de nosotros con su deseo de lanzarse a la oscuridad de nuestro mundo para salvarnos. Jesús es la luz radiante de la Gloria de Dios, quien viene para ser la luz de la raza humana, la luz que brilla en las tinieblas.


Hoy leemos en el Evangelio de Lucas (2: 1-14) en la Misa de medianoche: “Mientras estaban ahí (en Belén), le llegó a María el tiempo de dar a luz y tuvo a su hijo (…) y lo acostó en un pesebre porque no hubo lugar para ellos en la posada”. Como se nos recordaba durante las Posadas de la Novena de Navidad, Cristo siempre está buscando un lugar en nuestros corazones, y también recordamos que la Navidad es un regalo que no podemos retener hasta que se lo demos a alguien.

Oímos la historia Hermosa de los padres de Jesús caminar desde Nazaret hasta el pueblito de Belén. “Por aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto que ordenaba el censo de todo el imperio (…) María dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre (…) En aquella región había unos pastores (…) Un ángel del Señor se les apareció y la gloria de Dios los envolvió con su luz y se llenaron de temor. El ángel les dijo: ”No teman. Les traigo una Buena noticia (…): hoy les ha nacido un salvador’ (…) De pronto se le unió al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: ‘Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad’” Esta historia es tan sencilla que cualquiera la puede entender, sin embargo, después de más de 2000 años permanece como un misterio.

En el misterio de la Encarnación y natividad de Jesús nosotros celebramos que “La Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros. Hemos visto su Gloria, gloria que le corresponde como a Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”. El Hijo de Dios se hizo uno de nosotros, asumió nuestra naturaleza humana por medio de María. Él no nació en una casa normal de familia. Él nació en un establo sucio y mal oliente, en un pesebre donde alimentaban a los animales. Sus padres ni siquiera tuvieron acceso a una posada.

San Francisco de Asís, un hombre pobre, entendió la pobreza de Dios al hacerse humano, y tanto amó a su dama pobreza, que hace 800 años él quiso experimentar con sus frailes y los campesinos de Greccio la humildad del Niño Jesús en el misterio de Belén. Francisco creó con sus hermanos y hermanas el primer pesebre navideño. Era lo natural. “Il poverello” (el pobrecito) se cautivó con el Dios mismo que no solo se hizo uno de nosotros sino que nació como el más pobre de nosotros. A través de su propia pobreza Francisco sintió en sí la presencia de Dios en la creación, en el Hermano Sol y la Hermana Luna, en sus hermanas la aves y los otros animales, sus hermanas estrellas, y particularmente la gente.

Con San Francisco de Asís debemos orar, hoy día de Navidad, pidiendo los regalos que Jesús nos trajo con su nacimiento: paz y amor donde haya odio, perdón donde haya injuria, fe donde haya duda, esperanza donde haya desesperación, luz donde haya oscuridad, alegría donde haya tristeza. Les deseo a cado uno y cada una de ustedes una Navidad cargada de todos estos regalos. Feliz Navidad!

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