Trigésimo primer Domingo Tiempo Ordinario (A)

REFLEXIONES BILINGUES PARA EL DOMINGO

31º Domingo del Tiempo Ordinario (A) Mateo 23:1-12 – Nov 5, 2017

“Uno solo es su Padre, el del cielo; su único jefe es el Mesías”.

Se cuenta que el gran sabio teólogo San Buenaventura, quien había sido profesor en París y en varias universidades, y también superior general de la Orden Franciscana, cuando el Santo Padre lo nombró obispo y cardenal al mismo tiempo, le envió a sus monseñores y secretarios a llevarle las cartas de nombramiento y el capelo. Cuando ellos llegaron al convento a buscarlo, lo encontraron en la cocina lavando los platos. San Buenaventura es la clase de padre y maestro que necesitamos.

Una vez en un pueblito vivía un hombre quien fue premiado con la medalla de la humildad, pero más tarde fue despojado de ella porque él empezó a usarla con orgullo. Algunos de nosotros nos parecemos a él. El ejemplo de San Buenaventura nos recuerda que cuando creemos que somos humildes, no lo somos. Muchos de nosotros tenemos la mala costumbre de ser orgullosos de nuestra humildad.


No porque nosotros llamemos a nuestro progenitor “padre”, o a la persona que nos instruye en el colegio “maestro”, contradecimos lo que Jesús nos enseña en el Evangelio de hoy: “No llamen padre suyo a nadie en la tierra, pues uno solo es su Padre, el del cielo. No pretendan ser jefes, pues su único jefe es el Mesías”. El problema existe cuando tratamos de entender lo que nuestro Maestro nos dice en una forma literal. Jesús nos enseña que nadie puede ocupar el lugar que le pertenece a Dios en nuestras vidas. Solamente Jesús es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida; solo Jesús puede ser el maestro de estos valores. Solo Dios es el Padre y creador de todos los seres humanos.

Si escuchamos y obedecemos las enseñanzas de Jesús en el Evangelio, nosotros lo reconocemos a él como el maestro y el jefe de nuestras vidas. Oramos a Dios como a nuestro Padre, no solo en la oración del Padrenuestro, sino a través de toda la Eucaristía, como también en nuestras oraciones diarias, respondiendo a lo que Dios nos dice hoy por medio del profeta Malaquías: “Rey supremo soy yo, dice el Señor Omnipotente”.

Celebrando el “Espíritu de Asís” que el Papa Juan Pablo II celebró con 70 líderes de las religiones del mundo, y que el Papa Benedicto XVI también celebró en Asís con más de 200 líderes de religiones mundiales, hemos proclamado juntos con ellos que “Dios existe”, pero algunas veces nos comportamos como si él no existiera.

Los niños se ponen una máscara en Halloween y simulan ser alguien diferente, esto está bien para ellos, pues usan su imaginación; pero pretender ser alguien diferente no es aceptable para los adultos como discípulos de Jesucristo. Dios no está satisfecho con nosotros cuando imaginamos que somos grandes seguidores de Cristo. No estamos llamados a aparecer como santos. Somos llamados a ser en realidad el pueblo santo.


Jesús nos enseña en el Evangelio a ser honestos y humildes. Él nos propone el ejemplo de los fariseos. Nos dice: “Todo lo que hacen es para llamar la atención de la gente. Se cuelgan ostentosamente las filacterias y alargan los flecos de la capa”. De acuerdo a Jesús los fariseos asistían a los banquetes y lugares importantes para que todos pudieran ver qué tan importantes eran. Era todo lo que querían. Jesús los llama hipócritas y nos dice a nosotros: “Hagan y cumplan todo lo que ellos digan, pero no imiten su conducta”. Se ponían la máscara de la santidad, pero ellos no eran santos.

Evitamos caer en la hipocresía si asumimos la responsabilidad de nuestras vidas en vez de confiársela a los demás y no les echamos la culpa de nuestros errores. No podemos pretender ser los seguidores de una persona, llamémosla sacerdote, o estrella del cine o la TV, o de cualquiera y dejar que esa persona tome nuestras determinaciones. Debemos tomar la responsabilidad de nuestra vida de fe. No llamar a una persona “padre”, o “jefe”, o “maestro” significa no tener ídolos; si tenemos un ídolo entonces no tendremos responsabilidad por lo que hacemos. Llamamos a nuestros sacerdotes padre en el sentido de que ellos son como cabeza y maestros de nuestra fe en las familias y en la Iglesia, pero no les damos a los sacerdotes la responsabilidad de nuestras vidas. Nuestras vidas se las confiamos a Dios y solamente a Dios. Solamente Cristo puede ser nuestro maestro y guía, y nosotros somos sus seguidores.

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