Vigésimo octavo Domingo Tiempo Ordinario (A)

REFLEXIONES BILINGÜES PARA EL DOMINGO

28º Domingo del Tiempo Ordinario (A) Mat 22:1-14 - Oct 15, 2017

“El reino de Dios se parece a un rey que hizo un banquete para celebrar la boda de su hijo”.

Lo siento por aquellos que se tienen que restringir de algunos deliciosos alimentos y vinos, especialmente por razones de salud o de estética, o sencillamente porque quieren ignorar la invitación y el propósito de su celebración. Por lo menos el sentido literario de la lectura primera y del Evangelio hoy nos invita a una tremenda fiesta con comida y bebidas gratis. La invitación del profeta Isaías es aceptar “una fiesta de deliciosos alimentos y vinos escogidos”, y la invitación del banquete de Jesús es: “vengan, ya está preparado el banquete”. Los comensales son invitados a disfrutar un exquisito banquete de cinco estrellas con este menú: “manjares suculentos con los mejores vinos”. Pero, ¿Cómo puede haber gente que rechace una invitación a lo que será una fiesta tan grandiosa?


Hoy oímos en el Evangelio que un rey invita a muchas personas al banquete de bodas de su hijo. El banquete está anunciado en la primera lectura de Isaías: “Una fiesta con deliciosos manjares y los vinos más delicados” donde Dios “arrancará el velo que enluta a las naciones (…) El Señor destruirá la muerte para siempre y secará las lágrimas de todos los rostros (…) ¡Alegrémonos y regocijémonos de su salvación!”. Pero qué lástima que los invitados se nieguen a asistir. Ellos tienen otras prioridades y cosas más importantes en su mente. “Ellos no hicieron caso y se fueron (…) Los demás agarraron a los criados, a unos los maltrataron y a otros los mataron”.

La parábola de hoy también es acerca del reino de los cielos, y como el domingo pasado, está dirigida a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos del pueblo, aquellos que rechazaron la invitación de Jesús y se opusieron a él; aquellos que se escandalizaron de que Jesús acogiera a los recaudadores de impuestos y a los pecadores, y comiera con ellos.

Hay muchas personas que piensan que Jesús era demasiado serio o que él era una persona amargada. Pero no, él era un hombre alegre que sabía cómo disfrutar de las comidas y de las fiestas. Me encanta ver las imágenes del Cristo sonriente. Podemos imaginarnos a Jesús en la recepción de las bodas de Caná, o hablando con los niños, o en otras fiestas; ¡cómo se vería de contento! No nos sorprende que sus enemigos lo llamaran “glotón y borracho”. Leyendo el Evangelio nos damos cuenta que a él le encantaba estar con la gente, hablando y comiendo juntos, no importa quién fuera el anfitrión o quiénes fueran los huéspedes. El letrero que leí en el consultorio de mi odontólogo estaría de acuerdo con aquellas imágenes del Cristo alegre: “La risa es el único tranquilizante hasta ahora encontrado que no produce efectos secundarios”.

En la parábola que hoy nos cuenta Jesús, los primeros invitados al banquete fueron el antiguo pueblo de Israel, quienes con frecuencia fallaron a la alianza y rechazaron y mataron a los profetas. En un principio podríamos encontrar contradictoria esta parábola: algunas personas se negaron a participar en el banquete, y luego hay una orden de ir a las vías principales e invitar a todos a la fiesta. Un recién llegado es rechazado por no llevar el traje de bodas apropiado. El mensaje es: los invitados a último momento en las vías principales deben estar preparados. Jesús llama a todos pero no todos responden, por consiguiente “Muchos son los llamados pero pocos los escogidos”.

Aquellos que fueron recogidos de las calles, tanto malos como buenos y que llenaron el salón del banquete, fueron los gentiles; algunos aceptaron la invitación universal, pero algunos otros no estaban lo suficientemente convertidos y no llevaban puesto el “traje de fiesta” del bautismo. Nosotros hoy somos los gentiles deseosos de participar en el banquete que él nos ha preparado. Como los nuevos invitados de la parábola, estamos celebrando en esta Eucaristía el amor de Dios por nosotros.


Una tentación para los cristianos es pensar que porque ya hemos respondido a la invitación de Dios, no tenemos nada más que hacer o cambiar. Sin embargo cada vez que venimos a celebrar la Eucaristía tenemos la tarea de crecer en amor y compromiso a Dios y a nuestro prójimo, hasta que Jesús nos invite a su banquete eterno en el cielo.

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