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XIII Domingo del Tiempo Ordinario

Estamos celebrando el décimo tercer domingo del ciclo litúrgico a través del año. Cristo, como los profetas, nos invita a seguirle. Su camino hacia Jerusalén fue camino hacia su muerte. Nuestro camino no es fácil. Para seguir a Cristo el único camino hacia la libertad perfecta es la Cruz.




Solemnidad de la Santisima Trinidad

El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la jerarquía de las verdades de fe.

Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos.

Para representar a la Trinidad se adoptó la figura del triángulo. También el trébol sirvió para figurar el misterio de la Trinidad y lo mismo tres círculos enlazados con la palabra Unidad en el espacio central que queda libre por la intersección de los círculos.

La Encarnación del Hijo de Dios revela que Dios es el Padre eterno, y que el Hijo es consubstancial al Padre, es decir, que es en él y con él el mismo y único Dios.  La misión del Espíritu Santo, enviado por el Padre en nombre del Hijo (cf. Jn 14,26) y por el Hijo  junto al Padre (Jn 15,26), revela que él es con ellos el mismo Dios único. Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria.

En conclusión, la Trinidad es un misterio de fe en sentido estricto, uno de los "misterios escondidos en Dios, que no pueden ser conocidos si no son revelados desde lo alto" (Cc. Vaticano I: DS 3015). Dios, ciertamente, ha dejado huellas de su ser trinitario en su obra de Creación y en su Revelación a lo largo del Antiguo Testamento. Pero la intimidad de su Ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón e incluso a la fe de Israel antes de la Encarnación del Hijo de Dios y el envío del Espíritu Santo.

 Catecismo de la Iglesia Católica, No. 232-263.

Reflexiones Dominicales


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  • Vigésimo Quinto Domingo del Tiempo Ordinario (B)
    vREFLEXIONES BILINGÜES PARA EL DOMINGO VIGÉSIMOQUINTO DOMINGO T.O. (B) Marcos 9: 30-37 Septiembre 23, 2018 “Quien quiera ser el primero, deberá ser el último de todos y el servidor de todos”. Los padres de familia con frecuencia dicen que sus hijos son tiernos y adorables hasta cierta edad, antes de que ellos vayan a la escuela. Pero cuando ellos se matriculan y comienzan a asistir a la escuela, ellos se matriculan en el mundo de la competición. Pierden la sencillez porque sus padres en la casa y los maestros en la escuela les enseñamos que ellos deben ser número uno en su clase, y en caso de que fallen, les decimos que tienen que ser como su hermano o su hermana grandes. Los comparamos y los forzamos a ser competitivos. Nuestros jóvenes terminan pensando que su valor depende de su éxito. Con razón los apóstoles en el Evangelio de hoy discutían entre ellos “Quién era el más importante”. Con razón nosotros crecemos y hacemos lo mismo. Luchamos muchas veces no por hacer las cosas bien ni por servir. Cuando alguien comparte con nosotros una gran pena o problema, lo menos que podemos nosotros hacer es cuidadosamente escuchar y ofrecer nuestro apoyo a esa persona. Lo contrario oímos hoy en el Evangelio, que cuando Jesús les cuenta a los discípulos que él debe sufrir y morir, “Ellos no entiende lo que él les dice”. Yo no sé si un psicoterapeuta nos podría decir que los apóstoles habían “bloqueado su entendimiento”. Ese no era un asunto de falta de entendimiento racional, sino deseo de no oír malas noticias. Sin embargo, no debemos solo echarle la culpa a los doce apóstoles; debemos también nosotros asumir la responsabilidad, porque tampoco nosotros aceptamos la realidad del sufrimiento.
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Sunday Reflections


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  • 25th Sunday in Ordinary Time (B)
    BILINGUAL REFLECTIONS FOR SUNDAY 25TH SUNDAY IN ORDINARY TIME (B) Mark 9: 30-37 September 23, 2018 “If anyone wishes to be first, he shall be the last of all and the servant of all”. Parents usually say that their children are so tender and lovable up to certain age, before they go to school. But when they get registered and join school, they get registered and join also in the world of competition; they lose simplicity because parents at home and teachers at school teach them, you have to be number one in your class, and in case they fail, we tell them, you have to be like your big brother or big sister. We compare them and we push them to be competitive. Our youngsters end up thinking that their value depends on success. No wonder, the apostles in today Gospel argue among themselves “Who was the greatest;” no wonder when we grow up, we are the same. So many times we strive neither just for doing things our best nor for service. When someone is sharing with us a big pain or trouble, the least thing we can do is listening carefully, and offering support to that person. On the contrary, we hear in today´s Gospel that Jesus tells his disciples that he must suffer and die, "But they did not understand what he said." I do not know if a psychotherapist would tell us the apostles were “blocking out understanding.” It was not a matter of lacking rational understanding, but unwillingness to hear unpleasant news. However, we should not put the blame on the twelve apostles; we should also take the blame for, since we do not accept the fact of suffering either.
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